Nuestro Señor nos regala la posibilidad de ser padres y nos da una inmensa responsabilidad, entre más son, más grande la responsabilidad. Pero ¡que hermoso! es verlos cuando recién nacen y se encuentran con un nuevo mundo que los recibe de mil formas, pero con un gran amor por ser lo más esperado. verlos cuando hacen sus primeras gracias, cuando te regalan una sonrisa, cuando te hacen llorar de alegría o de tristeza, esos locos bajitos que son nuestro cable a tierra y que nos estremecen de tanto amarlos. Nuestros hijos que a pesar del tiempo, son nuestros pequeñitos indefensos. Aquellos a los cuales si les va a pasar algo malo, nos ponemos como escudos vivientes para que a ellos no les pase nada. Nuestros hijos que por cada alegría celebramos a Dios y por cada tristeza nos apoyamos en Dios.
Y a medida que van creciendo nos complace más verlos y reconocer que son parte nuestra, que cuando se rie se parece más a su papá o visceversa, que cuando toma es lápiz lo hace igual que su mamá. Tratamos siempre de confirmar en sus actos y en sus reacciones que ese pequeño es nuestra descendencia y que en él estan todas nuestras cargas genéticas tan claras que no hay duda es nuestro pequeño, que en cada cosa que hace nos recuerda a nuestra propia infancia.
Ese pequeño del que esperamos todo, pero sobre todo que sea una buena persona, que valore y ame a su prójimo tanto como se ama a sí mismo. Aquel niño que cuando llegue a ser adulto nos considere de su propiedad afectiva y no como un bache en su camino. Aquella persona que aporte a la humanidad buenos propositos para la construcción del Reino de Dios.
Ese es nuestro deseo y espero que el de muchas personas más, para cambiar el pensamiento egoista imperante en la actualidad.
¡Gracias, Señor, por nuestros hijos!
Y a medida que van creciendo nos complace más verlos y reconocer que son parte nuestra, que cuando se rie se parece más a su papá o visceversa, que cuando toma es lápiz lo hace igual que su mamá. Tratamos siempre de confirmar en sus actos y en sus reacciones que ese pequeño es nuestra descendencia y que en él estan todas nuestras cargas genéticas tan claras que no hay duda es nuestro pequeño, que en cada cosa que hace nos recuerda a nuestra propia infancia.
Ese pequeño del que esperamos todo, pero sobre todo que sea una buena persona, que valore y ame a su prójimo tanto como se ama a sí mismo. Aquel niño que cuando llegue a ser adulto nos considere de su propiedad afectiva y no como un bache en su camino. Aquella persona que aporte a la humanidad buenos propositos para la construcción del Reino de Dios.
Ese es nuestro deseo y espero que el de muchas personas más, para cambiar el pensamiento egoista imperante en la actualidad.
¡Gracias, Señor, por nuestros hijos!